Había una vez un detective tan despistado que, cuando entró a la escena del crimen buscando pistas, se encontró con un espejo. Al mirarse, exclamó: «¡Ajá, aquí está el sospechoso! Espera… ¿soy yo?». Y se quedó interrogándose a sí mismo por horas.
Había una vez un detective tan despistado que, cuando entró a la escena del crimen buscando pistas, se encontró con un espejo. Al mirarse, exclamó: «¡Ajá, aquí está el sospechoso! Espera… ¿soy yo?». Y se quedó interrogándose a sí mismo por horas.